19 de abril de 2009 Llegan al Cinematógrafo del Chopo jóvenes cineastas franceses.
por Leopoldo Villarello Cervantes.
Un tanto desapercibido se exhibe en el Cinematógrafo del Chopo de la UNAM, durante este mes, un ciclo de cine con filmes de realizadores jóvenes franceses, en vías de ser conocidos fuera de sus fronteras, donde se percibe el equilibrio en la producción entre directoras y directores.
El ciclo, titulado Óperas primas del cine francés, incluye “La cabeza de mamá” (La tete de maman,de Carine Tardieu), “7 años” (7 ans, dirigida por Jean Pascal Hattu), “13 m2” (de Barthelemy Grossmann).
“La cabeza de mamá” es un reencuentro de una adolescente (Chloe Coulloud) con su madre (Karin Viard). La travesía para entender las causas de que exista casi en el autismo, en un silencio enfermizo, avejentada, enferma imaginaria permanente.
Colateralmente, la salida de la niñez o el brinco para mutarse en una mujer, aceptar su nombre, Lulú, por Lucille; dejar de comportarse cual un marimachoy sobrevivir sin el ángel guardián que se construido en Jane Birkin ( así, ésta desaparecerá al cumplirse su utilidad), en sus canciones y la música romántica con la cual bailará la pareja.
Infusión de vida para una mujer y una familia agobiada por la tristeza perenne, frutos hereditarios, vistos como reflejos cinematográficos del pasado, en que se observa la mamá, el abuelo, el papá de éste, en comentarios sobre su muerte.
De juego para averiguar lo que hay detrás de una fotografía de la madre vestida de hawaiiana, con senos libres y sonrisa provechosa, se vuelca en reconocimiento del primer amor que tuvo; en fisgoneo de la juventud materna, irradiada al localizar una vieja película de 8 mm, donde se guardan los pormenores de un cita, una primera vez, al abrigo de un granero. Donde la curiosidad de la adolescente se quiebra y le hace apagar el proyector para no atestiguar el enlace sexual.
“La cabeza de mamá” se prolonga a tragedia, despejada por el encuentro de dos enamorados aún pendientes, filmado de manera que parece no sucederá, pero una vez cruzan miradas y se tocan, no hay paso atrás. Lo predestinado se regula con las causas de la separación cuando jóvenes.
El trance pasa por ser un amasiato custodiado, con la adolescente mandando al padre a trabajar, para traer al viejo novio. Concluye en venerable instancia con el esposo y el novio frente a frente, y el agradecimiento por la vida y la sonrisa que ha aportado.
“7 años” se mueve en la soledad de una mujer, Maite (Valerie Donzelli) cuyo esposo, Vincent (Cyril Troley) está en prisión condenado a purgar siete años. Juego de obsesiones y sexo, que se les vuelca a los personajes. Triángulo con filos de perversión, encendido por la ramificación romántica y las insinuaciones homosexuales.
Asomo de aprovechamiento de lMaite por parte de Jean (Bruno Todeschini), el guardia, para descubrir al operador detrás de las rejas. A la enajenación de Vincent por el encierro y la doble moralidad de imaginar el goce de su esposa. Despertar de la pasión almacenada, silenciada en cuidar a un niño ajeno, a vivir para él, con las frustraciones desprendidas por el amor mutuo y el no tener un hijo propio. Amainada por los encuentros subrepticias a bordo del auto, que irán in crescendo.
Adulterio consumado honorable, sumido en la opresión, en la conciencia de formular una buena obra, y la consideración de sobrar. En “7 años”, se contempla la ternura de Maite por Vincent cuando le plancha su ropa, la dobla con cuidado, le rocía perfume para que piense en ella. El refugio de la pasión en sus calzoncillos que le entrega para estar juntos en la noche, y la condena celosa de Jean al encontrárselos.
Barthelemy Grossmann protagoniza y dirige “13m2”, un thriller cuyo colofón se indica en el epígrafe para cerrar, “A mucha gente sólo le falta dinero para ser honesta” y en lo que un personaje (Thierry L’Hermitte) refiere a manera de advertencia, de salirse de negocios turbios a tiempo o antes de caer.
El argumento sigue a José (Grossmann) en sus tratos con mafiosos para cruzar fronteras con contrabando en automóviles. Su fuga, la casualidad por donde se entera de las fallas en el transporte de dinero. La idea para un robo nace despojada de trucos.
Grossmann ahonda en la trama en inmigrantes o descendientes africanos metidos entre la baja ralea, con sueños de aventurarse lejos, de escapar. Reduce el robo a saber del tiroteo, de un guardia muerto, clave para enredar a José.
Los 13 metros cuadrados del título son exponenciales al lugar donde se encierran tras el asalto, a las crisis por la falta de drogas de uno, por avisarle a la novia del otro, por aguantar sin salir. Secuencias oscuras, calustrofóbicas, consistentes en los conflictos, el peso de tener tanto dinero y no poder disfrutarle.
Escenas complementarias de la novia avisan la conclusión, el valor de un hermano, el desquite. El aceleramiento de la cámara confluye en el cementerio donde José se ha tumbado para aguantar. El dinamismo y movilidad de la cámara afronta las agresiones, lo baldío del esfuerzo con la figura de Thierry L’Hermitte al fondo.
Las tres cintas restantes del ciclo son “En las cuerdas” (Dans les cordes,de Magaly Richard-Serrano), “El nacimiento de los pulpos” (Naissance des pieuvres, de Céline Sciamma), y “Todo está perdonado” (Tout est pardonné, de Mia Hansen-Love), las cuales continuarán en exhibición en la segunda mitad de abril en el Cinematógrafo del Chopo.