19 de octubre de 2009 LA BUTACA: John Paulson ofrece a Russell Crowe crímenes tiernos.
por Leopoldo Villarello Cervantes.
La prospectiva de “Asesino íntimo” (Tenderness, 2007, John Paulson) va en las palabras emitidas por el detective Cristofuoro (Russell Crowe), de que “hay quienes buscan placer” y “quienes huyen del dolor”, y de escarmentar homicidas, así sea mediante ardides para evitar exculparlos de un crimen no cometido, ante las apuros para reunir pruebas de los asesinatos que sí perpetraron.
Una materia subsidiaria es las fallas de la justicia, los recovecos legales por los cuales algunos menores de 18 años abandonan la prisión al cumplir esta edad y su condena se salda, lo mismo por padecer una enfermedad mental, o estar medicado al ejecutar sus acciones y eso se toma de alegato a su favor.
La cacería de un criminal recién salido de prisión cuelga sus singularidades desde la entrevista de los dos antagónicos en patios de la cárcel. El personaje central es Eric (Jon Foster) el acusado, a quien acompañamos en su itinerario. El detective entra a escena y lo avistamos en la intimidad, en la aflicción por la esposa enferma, en su dedicación a ella y su deber de agarrar a su presa.
“Asesino íntimo” tiene otro protagonista sobre quien gravita la tragedia, la quinceañera Lori (Sophie Traub), que pertenece a la segunda categoría de lo enunciado por el detective. Degradada de objeto de voyeurismo sexual, con un pasado que afluye de motivación para entregarse en los brazos de quien le dé un aventón, y correr para inmolarse a manos de quien ha elegido, con plena premeditación serena, al haber atestiguado la manera en que Eric trataba a una mujer.
El tempo lento impone los conflictos internos de Eric. El sufrimiento para esquivar lo ineludible, su propia naturaleza asesina, sortear su padecimiento. Algo que pega en la cabeza del detective, presiente que recaerá Eric y lo empuja a cometer otro crimen, para revalidar su fundamento de que volverá a las andadas, que no tiene cura.
El triángulo del drama se acrecienta en un viaje, rearmado con las acciones pretéritas de Eric, para darle sentido a la condena, a los traumas, que cierran brecha en el último plano incautatorio –si bien ya quedaba sugerido que Lori atestiguó lo que hizo Eric, y de ahí procedía su obsesión-.
La estructura arrastra las enajenaciones de Lori y Eric. Guarda algo de suspense la contención de él, la relación tóxica entre ambos; la trampa que le han tendido a Eric, de donde se dispondrá la deuda con Lori, su demanda funesta, para la secuencia contradictoria en que lo engancha, en medio de un lago, en recensión de “Una tragedia americana”.
La narración tiene aristas de venganza, por los conceptos de Eric acerca de la esposa del detective; por casos abiertos y asesinos nunca atrapados por éste; por el secreto tras la enfermedad de la esposa.
Los seguidores de Russell Crowe lo encontrarán discordante en este rol. Detective semiretirado, afectado, encerrado en su compromiso, con las definiciones certeras, descifrando el sacrificio de Lori, para cerrar su caso.