15 de octubre de 2007 Las remembranzas mexicanas también estuvieron presentes en el DOCS 2007.
por Leopoldo Villarello Cervantes.
“Los días sin Joyce, un diario imaginario”, es una enternecedora ficción semidocumental, en reconstrucción verbal y escrita de lo acontecido posterior a la muerte de Joyce, la esposa de William Parker, como indica en el título. A través de los recuerdos de Bill, escritos posiblemente en la soledad de su hogar, Anna Soler y Agustín Oso Tapia recrean la existencia de esta pareja de estadounidenses arribados a nuestro país en la década del 1930, donde permanecerían hasta su muerte, más de cuarenta años después.
Nostálgico relato de una historia de amor: la de los Parker; de ellos hacia el pueblo que los acogió, Angangueo, Michoacán; del material fotográfico acumulado con el tiempo; de su hogar, desde la construcción. Se presta para conocer el lugar cómo era hace más de medio siglo, algunos de sus habitantes en sus labores; el entorno casi paradisíaco del cual no quisieron mudarse ya, con sus acueductos artesanales de madera, los paisajes alrededor, las flores. Y para entender los motivos de los realizadores del documental, emocionados al conocer el museo de los Parker en Angangueo, al descubrir los rollos de películas y fotografías resguardadas en el recinto, con los cuales entroncan la trama.
Una parte de ese tesoro es proyectado cual si fuera el recuerdo de Bill. Los Parker fueron miembros de una Asociación de Cineastas Amateur, radicada en Londres, la cual les daba el aval inscrito al inicio de sus películas. Lo iniciado como pasatiempo, termina por ser registro de una vida, conservación de memoria, viajes, los paseos. Descubrimos cómo dibujaba Joyce los créditos, y las letras con las cuales formaban los intertítulos. La voz de Bill y los textos de su diario gradúan el tiempo, el hueco dejado por la ausencia de Joyce. Las fotografías y voz de ella se incorporan en la asunción de la tragedia por venir: los síntomas, el retorno de Houston, la impotencia, la consternación, el momento inevitable.
Los días de octubre de 1975 transcurren desolados dentro de la casa de los Parker, donde la huella de Joyce se percibe aún, su figura en el cuarto de revelado, el saludo a los amigos en el jardín de bugambilias. El relato acomoda las piezas para el desenlace, con la quietud en las habitaciones, los retratos acomodados sobre mesas y vitrinas. William y Joyce eran uno, sin ella el silencio inunda paredes y tejas; Bill ha quedado lisiado, sumido en el pasado, en las jornadas felices, revisando las fotografías, las películas. Acaso pensando en la diferencia de edades, en la lógica de su vejez y los años menos de Joyce.
El legado de la casa museo de los Parker es suficiente para trasladarnos en el tiempo. Los realizadores han sublimado los pensamientos de Bill, la necesidad de seguir al lado de Joyce.
El cortometraje acerca de Irma González, una de las luchadoras mexicanas más reconocidas hace tres, cuatro décadas, lo hace ameno ella con su charla, su chispa. La mayor parte del tiempo está en cuadro, la única persona que aporta información extra es su hija, de cuando se metió a entrenar para poder viajar y estar al lado de su mamá a quien extrañaba. El resto es Irma González en su casa, mostrando sus trofeos, fotos, muy campechana y expansiva. Hacia el final salen a relucir video cassettes para ver fragmentos de varios de sus combates, los cuales comenta en frases exultantes. Es notoria la admiración del joven director por la luchadora, lo cual le llevó a conocerla, entrar a su casa, acompañarla al gimnasio donde colabora, compartir sus peripecias, armar “Irma González: madre de todas las reinas” (2006, de Fernando Fidel Urdapilleta).